MADRES DE PRÓCERES, Partos que hicieron la historia es un libro de Karina Bonifatti publicado en Buenos Aires por Ediciones B, en octubre de 2010, que se encuentra en venta en librerías de todo el país. En este blog se incluyen extractos de capítulos e información de interés como documentos, dibujos y fotografías actualizadas mes a mes.

viernes, 4 de febrero de 2011

Capítulo 10: Paula Albarracín (Fragmentos)

10

PAULA ALBARRACÍN




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Es curioso, Paula queda embarazada de Sarmiento la semana de mayo de 1810. No iba a quedarse sin decir nada de esa fecha el prócer, y computa su nacimiento aclarando que fue “el noveno mes después del 25 de Mayo”, ¡como engendrado por el grito patrio!

(…)
Dice Nicolás Rosa en El arte del olvido que la función de la escritura −su condición crítica− es leer lo negado por la misma literatura: las escrituras silenciadas, las voces acalladas, o aquello que de cada texto ha sido ensombrecido por las lecturas oficiales. La idea es productiva para el perfil de esta madre; porque en el entramado de escrituras sobre Paula Albarracín, con su lastre de monumentalidad y componentes retóricos con que habitualmente la presenta Sarmiento (austeridad, “beldad severa y modesta”), leer lo silenciado incluso por Sarmiento es una necesidad vital si se quiere escribir algo nuevo sobre Paula.
Y con nuevo quiero decir: algo medianamente real.
Por lo menos para no aburrir.[1]

(…)



Acerquémonos un poco más al personaje. Normalmente la imaginamos sentada, cabizbaja, inclinada sobre su telar; o hemos visto imágenes de su cara, parte del torso. Por eso −creo yo− es como un contraste saber que Paula era una mujer alta. De “elevada estatura”, dice Sarmiento. Y no gorda, aunque sí grandota, “de huesos bien marcados y formas pronunciadas”. Usaba el pelo siempre atado atrás, con raya al medio, bien estirado. Hoy, observando su retrato, cualquiera diría que parece una monja. O una bruja. Pero bruja no era ni creía serlo, aunque una amiga que sí creía ser bruja la frecuentaba…
¿Cómo caminaba? No se sabe, o no lo encontré yo. Sí que todos los sábados, domingos y lunes iba a la iglesia: los sábados “a conversar con la Virgen”, los domingos “a cumplir con el precepto” y los lunes “a encomendar a Dios las almas de sus parientes y amigos”.
Pero se confesaba poco: tres veces por año.

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Los recuerdos de infancia dramatizan aquello que funda la escritura de la propia vida. Hay que hacer memoria. Y Sarmiento hace memoria con la madre. El padre podía desequilibrar la construcción de su imagen. Sin embargo, está reflejado en el hambre que pasan Paula y sus hijos; no siempre, pero hay anécdotas que así lo indican. Como si Sarmiento nos dijera: si no nos faltó qué comer, fue porque mi madre se las rebuscaba.



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De los quince hijos que tuvo Paula sobrevivieron seis, pero siempre se mencionan los cinco que llegaron a la ancianidad. Los enumero por orden de nacimiento y coloco entre paréntesis la edad en que murieron: Paula Francisca (97 años), Bienvenida (95 años), Sarmiento (77 años), Rosario (89 años) y Procesa (81 años). 




El sexto hijo que no llegó a la adultez, pero que vivió tanto como para jugar con el prócer, se llamaba Honorio (10 años).
Según se lee en su partida de defunción, Honorio nació el 20 de noviembre de 1808 (dos años y tres meses antes que naciera Sarmiento) y falleció el 31 de julio de 1818 (cuando Sarmiento tenía 7 años y medio). 


Haciendo un cálculo sencillo de fechas, se deduce que cuando Paula parió a Procesa, el 22 de agosto de 1818, hacía menos de un mes que Honorio había muerto.

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Otro hecho que ilustra este procedimiento. Cuando Paula se casa con Clemente, el 21 de diciembre de 1802, está embarazada. Cuatro meses después, en abril de 1803, nace Francisca Paula, su primera hija. Lo del casamiento por apuro es algo que las lecturas oficiales han olvidado. Y no es que haga una observación moral sobre el embarazo extramatrimonial; la hago sobre la adulteración de los hechos.
Viene aquí a cuenta recordar la etimología de la palabra prócer (procer, -eris: “elevado” en latín): no se es elevado así nomás.
Dicho con cuerda irónica: no solo la sombra de una higuera se ha echado sobre Paula Albarracín de Sarmiento; algo más que su telar sobrevuela los textos sobre ella: tejemanejes, de los discursos en general, del hijo en particular. Más de un investigador ha descubierto hace tiempo que historiadores de los siglos XIX y XX le ponen a Paula Albarracín el primer parto un año después para hacerla “más honrada” (ya García Hamilton lo pone bien)[2].

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La cama. Qué dilema, encomendarse, ponerse en manos de los santos o del marido, cuando se hacía el amor religiosamente. Desconozco si la costumbre colonial funcionaba en San Juan: “el creced y multiplicaos era un mandato de hierro, hasta se les recordaba a los maridos, por un nocturno llamado de campanas de la iglesia, que se hicieran cargo de sus obligaciones en el lecho matrimonial”.[3] Pero regía la prohibición de hacer el amor en los siguientes momentos:

(…)

Hay testimonios de que nunca le dijeron “Valentín”, ni en la casa ni los amigos, aunque le dieran ese nombre por el día de San Valentín, y el de Faustino por el santo del día 15. Aparte de una costumbre religiosa, poner el nombre según el santoral era un modo de que la identidad no quedara solo asociada al sujeto por si el niño moría.
Pero si Sarmiento no usó el nombre del Día de los Enamorados, sí le hizo honor al santo siendo muy enamoradizo, y paradójicamente, no siendo “ningún santo”, según su esposa.
Falta para eso. Estamos en 1811.
Sarmiento acaba de nacer y los santos vigilan la sala…


Tendría él 5, no más de 8 años cuando las discusiones sobre los benditos óleos empezaron a gobernar el ambiente familiar… ¡todos los días!
Pero Paula se fue habituando al reproche de las hijas, que se avergonzaban de los cuadros religiosos. Y una mañana −recuerda Sarmiento, yo no novelizo nada− en que Paula salió de la casa para ir a misa o hacer una diligencia, las hijas los descolgaron y se los llevaron al dormitorio. La madre lloró, les pidió perdón (a los santos) y estuvo todo ese día de mal humor. Con el tiempo, solo con el tiempo –dice el hijo− se le fue pasando la tristeza.
¿Cuándo habrá ocurrido esto?
Las hijas mayores eran adolescentes. En 1817, pongamos, cuando la mayor tenía 15 y la otra 13. O en 1819, cuando ya tenían 17 y 15. No es de buena persona hacer cálculos con la muerte, pero en este caso uno se ve tentado: en 1818 murió Honorio; no sería en ese momento, queremos creer. Las chicas no eran malas, a la mayor llegaron a decirle “la Santa” por su buen carácter.
No se le nota en la anécdota que sigue.

(…)

Si está Sarmiento −él dice ser testigo− y fue antes de 1818, Honorio también está. Era más grande que él: debía opinar.
¿Opinaría? ¿Qué opinaría?
Imposible saberlo.
Alto. No olvidemos la higuera, protagonista del episodio.
La intensidad del llanto de Paula aumenta gradualmente con cada hachazo. Los hijos se conmueven, pero siguen. Hasta que no dan más.
¡Paren! ¡Paren!
Mandan los hijos suspender la ejecución del árbol.
Pero ya es tarde. Sarmiento describe el cuerpo caído con sus ramas como brazos.

Se sabe: matiza siempre el coloso narrador lo malo con lo productivo, inmediatamente, como si su personalidad siempre estuviera dando pelea para ordenar los datos y caer otra vez bien parado. Dice aludiendo a la madre: “a la higuera sacrificada, se sucedieron en su afección cien arbolillos que su ojo maternal animaba en su crecimiento”.
Dicho y hecho: a la crueldad sucede el consuelo. ¿Cómo se sentiría ella realmente? Si las hijas se imponían sobre sus decisiones o deseos sin que pudiera hacer otra cosa que lamentarse, es lícito imaginar cómo el marido o el prócer −considerando el poder que confería al género masculino la época− mandaban sobre ella, aunque el hijo la llene de elogios destinados a la circulación pública.
Rosarito, como le decían cariñosamente a la hija que tuvo Paula en octubre de 1812, fue quien al publicarse Recuerdos de provincia, sintiéndose culpable al leer este episodio, hizo plantar otra higuera en el mismo lugar. Ella fue la última en dejar la casa de San Juan. Murió un mes antes de cumplir 90 años.

Paula no estaba todo el día sola; una mujer siempre habla con otras. ¿De qué hablaba Paula y con quién? ¿Tenía amigas?

(…)

Sarmiento afirma que sus familiares maternos se distinguían por los ojos verdes o celestes “y la nariz prominente, afilada y aguda, sin ser aquilina”.
¿Nariz de bruja?
Qué pregunta.
Paula recibía en su casa a esta mujer, que asustaba a los hijos por las cosas que contaba. ¿Creería Paula en esas cosas? ¿Dudaría? Sarmiento sigue sugestionado a los 15 años. Sobre cómo llegó a advertir que los cuentos de brujas eran puras patrañas, dice: “¡Rara flaqueza del espíritu humano, que después el conocimiento de la historia me ha hecho palpar!”.

(…)

Escribe Sarmiento, sin embargo: “Mi destino hanlo desde la cuna entretejido mujeres, casi sólo mujeres, y puedo nombrarlas una a una, en la serie que, como cadena de amor, van pasándose el objeto de su predilección”.
Y en una carta a los 42 años: “Yo he agotado algunos amores y he concluido por mirar con repugnancia a mujeres apreciables que no tenían a mis ojos más defectos que haberme complacido demasiado”.

Sarmiento era papá hace rato cuando se casó con Benita, el 19 de mayo de 1848. 



¿Cómo fue el romance del que nació Faustina? 




En 1831, mientras Paula se queda con sus hijas en la casita de San Juan, Sarmiento, con 19 años, se va con el padre a los Andes, Chile. Trabajando en este pueblito de maestro se enamora de una alumna: María Jesús (algunos dan por nombre Jesusa, otros dicen que su sobrenombre era Chepa). Ana Faustina nace ese mismo año, según algunas fuentes, y según otras el 18 de julio de 1832. Los historiadores –los que algo dicen de esto, porque muchos se lo saltean y todos contentos− afirman que María Jesús Del Canto murió muy joven, y que Paula Albarracín ayudó a Sarmiento a criar a su hijita. Otros,  dando más detalles, dicen que no, que Ana Faustina fue criada por las hermanas de Sarmiento, que Jesusa solía visitar a su hijita cubriéndose la cara con un velo y estaba casada con un hombre de buena posición económica: Roberto Segovia. Esta versión afirma que la mamá de la hija de Sarmiento no murió joven, sino cinco años antes que él.

A Sarmiento, por la mitad de la vida,  le gustaban mucho las aceitunas gruesas, cuyanas, preparadas (receta local) con cebolla y jugo de naranja. Pero pasados los 70 años, su obsesión culinaria eran los pepinos (¡como la mamá de Rosas!), indigestos para él, por lo que su hija procuraba que no los comiera.

Sarmiento se va quedando sordo. Tiene una insuficiencia cardiovascular y bronquial. Le cuesta respirar. Los médicos le recomiendan un clima más cálido. Elige Asunción, y allí va, a principios de 1888. Lo acompaña su hija. Ella le saca la última foto. 




(…)




[1] Sobre Paula Albarracín, Beatriz Sarlo escribe en “Madre nuestra que estás en el cielo” (Clarín, domingo 21 de octubre de 2007): “Hoy no tiene mayor sentido preguntarse sobre la verdad de esta imagen construida por el hijo”. ¿No? Yo creo que sí. Y afirma al final: “Entre el legado mítico de Paula Albarracín, la transferencia de cultos esotéricos de la madre de Arlt, y el  patrimonio de cenizas históricas, esas cenizas que Borges sabe que están en Recoleta, se dibuja una línea de madres. Los años setenta abrieron otra historia: Madres de la Plaza, cuyos hijos asesinados ya no podrán recordar nada, sino que son hoy el recuerdo de ellas”. Olvida esta serie que a las Madres siguen los Hijos, y los nietos, que recuerdan a sus madres desaparecidas.
[2] Aunque se equivoca en el día, dicen, porque pone 2 en vez de 21, ¡pero pudo ser una errata!
[3] “Este precepto bíblico de últimas favorecía a asegurar una nutrida descendencia al jefe de familia y a las intenciones del Estado. Aquí también se tenía que considerar que los contrayentes tuvieran limpieza de sangre, es decir, ser blancos de padre y madre y españoles viejos. La clase gobernante aseguraba así su retroalimentación”. (Dillon, Las locas del camino).



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