MADRES DE PRÓCERES, Partos que hicieron la historia es un libro de Karina Bonifatti publicado en Buenos Aires por Ediciones B, en octubre de 2010, que se encuentra en venta en librerías de todo el país. En este blog se incluyen extractos de capítulos e información de interés como documentos, dibujos y fotografías actualizadas mes a mes.

martes, 9 de noviembre de 2010

Capítulo 1: María Josefa González Casero (Fragmentos)



1

María Josefa GONZÁLEZ CASERO


Tristemente despechada, le dije algunas veces: "Te comprendo". Él se encogía de hombros.

ARTHUR RIMBAUD, Una temporada en el infierno



(...)

María Josefa se casa a los 14 años en la Iglesia de la Merced, el 4 de noviembre de 1757. ¿El novio? Un genovés de la Liguria: Domingo, 26 años. Se establecen en un caserón de la calle Santo Domingo (ahora hay un edificio: Av. Belgrano 430, entre Bolívar y Defensa). Viendo la foto, uno siente que tiene algo de vivienda y algo de capilla rural. Son dos plantas: un atrio con puerta de madera al frente y ventanas con rejas a los costados; en el primer piso, un balcón y otra puerta de madera.
Es entonces cuando el esposo de María Josefa pide la nacionalidad hispánica. Y se la dan; por estar casado y por estar establecido.
Hay que reparar en este hombre; porque muchas cosas que no se entendían de Belgrano, o que no suelen publicarse −como su carácter impulsivo, que pasaba de correctísimo a verbalmente agresivo− se comprenden a partir de la historia del padre, en particular de un conflicto que suele minimizarse y que coincide con la adolescencia del hijo, generando en él una identificación fuerte con el sufrimiento de la madre.
Es mi idea.
María Josefa fue una mujer sufrida.
Belgrano vivió enfermo la mitad de su vida.
La clave está en el padre.
Por acá irá mi relato de la mamá de Belgrano.



(...)

María Josefa y Domingo tienen un buenísimo pasar, así que forman una de las familias denominadas principales, o decentes −como si las demás no lo fueran. No les irá nada mal en los treinta años siguientes. Lo menos que puede decirse de este matrimonio es que fue muy productivo: él haciendo dinero, que invertirá con gusto en la educación de sus hijos, y ella teniéndolos… (lo del gusto suelen aclararlo algunos para que no se crea que el hombre era un comerciante sin principios). 
(...)

No sé a qué edad murieron Bernardo José Félix y María Josefa Juana −ni otros de los que están por nacer− pero si vivieron un par de años, pudieron ver a su mamá embarazada de la hija siguiente: María Josefa Anastasia, que nace en 1767. Es el sexto parto de la señora González Casero. Apenas se repone cuando queda embarazada otra vez, de Domingo Estanislao (el primero al que bautizan con el nombre del padre). Será uno de los albaceas testamentarios de su madre. Pero falta para eso. Estamos en 1768.

Mientras se ocupa de todos estos críos, que tienen 11, 8, 7, 2 y 1 año, un buen día, de primavera para más datos, María Josefa advierte que está esperando otro bebé. Belgrano se le mueve en la panza, pero a ella ni se le ocurre que es el prócer. No puede, cronológicamente está imposibilitada. Y Dios no hace milagros por el estilo. Para ella es todavía uno más, a lo sumo se pregunta si será varón, aunque mejor no pensar… está más ocupada que nunca desde que al más chiquito le sacaron la faja: “no solo el abdomen se ciñe con la interminable tira de tela, también las piernas, aun los brazos”. ¡Bendita faja! ¿Qué habría hecho sin ella? No se puede controlar a tantas criaturas, hay que evitar que se lastimen, que se arañen, y aparte atados no necesitan que se les preste tanta atención.
Así debía pensar la madre.
Carlos José y José Gregorio están en esa edad en que no paran de moverse, molestan; juegan probablemente a lo que casi todos los niños de esa época juegan: a las cañas. Se disfrazan de moros y cristianos y entablan batallas, ficticias, con cañas derechitas como lanzas.
Así pasan los meses, llega mayo…
Atención, Belgrano está por nacer.

Voy a citar la página 43 del libro parroquial de bautismos de la Iglesia Catedral de Buenos Aires porque es emotivo leer el día...

El 4 de junio de 1770, el señor doctor don Juan Baltasar Maciel canónigo magistral de esa santa iglesia Catedral, provisor y vicario general de este obispado, y abogado de las reales audiencias del Perú y Chile, bautizó, puso óleo y crisma a Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús, que nació ayer 3 del corriente: es hijo legítimo de don Domingo Belgrano Pérez y de doña Josefa González: fue padrino D. Julián Gregorio de Espinosa[1].

Ayer 3 del corriente… La fuerza de los adverbios, del tiempo: ayer nomás…, o decíamos ayer

El nacimiento del prócer da un impulso renovado al matrimonio. Al año siguiente, mientras Domingo Estanislao aprenden a controlar sus esfínteres −algo que empieza a ser importante en la educación de las criaturas porque el enema y la purga se están dejando de usar− María Josefa da a luz a Francisco (que también será su albacea); y en 1773, a otro niño: Joaquín, que será un comerciante muy próspero, y que al parecer se llamaba Joaquín Cayetano Lorenzo.
El prócer tiene 3 años.
Un respiro se toman por esa época los Belgrano, breve: en 1775 tienen otra niña, María del Rosario. Es el décimo parto de María Josefa. Pero la suerte femenina no se corta: en 1776 da a luz a Juana María. ¡Vivir con panza! ¿Cómo sería? Porque esta señora no para de tener hijos: al año trae al mundo a Miguel, en 1777 (cuando el Virreinato cumpla su primer año de existencia); en 1778, a María Ana; y en 1779, a Juana Francisca Buenaventura (como son mujeres, es difícil saber en qué año nacieron, pero buscando mucho las fechas se encuentran).[2] Después de ellas, la mamá de Belgrano finalmente parirá un varón: Agustín Leoncio, en 1781.
Para entonces ya está un poco más que cansada; en un par de inviernos cumplirá 40 años.
A ser madre de todos estos niños se dedicó María Josefa.
Perdón, hay que sumar a Juliancito, un nieto, el hijo de María Florencia, al que la mamá de Belgrano también crió cuando la hija y el marido murieron.
¿Saben cuántas personas llegaron a vivir en la casa de María Josefa y Domingo Belgrano entre hijos, parientes y sirvientes? Treinta y siete.
(...)


[1] El marido de María Florencia.
[2] En el testamento del padre y de la madre figuran los doce hijos vivos. Trece es la cantidad que citan los primeros investigadores que se ocuparon del tema. Bartolomé Mitre cita once. Raúl Molina menciona catorce, con datos biográficos de casi todos.  Martínez de Sucre fue el primero en dar a conocer los nombres completos de los dieciséis hijos, incluyendo las fechas de bautismo (todos fueron bautizados en la Catedral de Buenos Aires).



Las cartas que Belgrano recibe de la madre revelan cosas atroces. ¡Ni siquiera tiene para darle de comer a los hijos! ¡María Josefa sale a pedir prestado a los vecinos y no le dan por miedo a que no pueda devolverlo! A Domingo le embargan todo lo que tiene; y no solo no lo dejan salir de la casa, sino que tampoco dejan que nadie entre ni salga.
(…)

Se dice que en los últimos años de su vida, Domingo tuvo problemas económicos motivados por un proceso en el cual –casi todos los que mencionan el episodio lo dicen así−[1] “se vio implicado sin razón”. Otros lo llaman “traspié económico”. Manuel Belgrano –dicen también−, ya abogado, fue su defensor contra la Aduana. El proceso en el que “se vio implicado” fue el que se le instauró a Francisco Ximénez de Mesa en 1788. Domingo era “amigo” de este funcionario –dicen−, y “se le creyó cómplice de su quiebra”, por eso el virrey Loreto le secuestró los bienes, hasta que el proceso se aclaró, en 1794.
Esta es la versión oficial.
Vamos a lo cierto.
Asociado con Francisco Ximénez de Mesa, administrador y tesorero de la Aduana de Buenos Aires,[2] Domingo Belgrano tiene contratos con mercaderes de Asunción, la Banda Oriental, Potosí, Lima, Córdoba, Salta, La Plata (que se llamará Chuquisaca) y La Paz. Pero por debajo de la soga. Embarcan frutos del país a la Península y traen efectos de Castilla. Una de las inclinaciones de Domingo Belgrano Pérez (en muchos documentos aparece como “Pérez”, solito ese apellido, que en italiano era “Peri”) además, es dar préstamos a los burócratas para que paguen las fianzas que los nuevos funcionarios deben constituir para ocupar sus puestos.[3]
¿Y cuáles son los hechos?
Que Domingo no dejaba mucha constancia de sus negocios, lo que se llama: “no llevar libros”. Lo que hacía era desviar los efectos que llegaban hacia donde había mayor demanda: esto es, articular los mercados aislados. Tenía corresponsales en provincia, que le pasaban información sobre escasez, demanda y tal. Generaba el desabastecimiento de productos que él acaparaba; entonces operaba distribuyendo las mercaderías de modo que los precios lo beneficiaran. Para eso tenía que pagar algunas comisiones. En fin, un especulador.
Y todo salta cuando Ximénez, el administrador de la Aduana, habla. Porque al que descubren es a él. Y aunque no pensaba hacerlo… ¡narra con lujo de detalles en qué negocios está metido y quiénes son sus socios! Son bastantes, uno es Francisco Ortega Monrroy,[4] que terminará siendo el más “vivo” y paseándose por la Corte cuando sus cómplices estén presos; y el que nos importa: Domingo Belgrano Pérez, alias Bicho Colorado (es más por su mal talante que por su pelo rojizo que lo llaman así).
(...)


[1] Por ejemplo, en: http://www.lagazeta.com.ar/belgrano.htm
[2] Vidas de grandes argentinos, T. 1, pág. 173.
[3] Tomo estos y otros datos de Lesser (La infancia de los próceres, capítulo “Los negocios de Belgrano, Año del Señor de 1788”).
[4] Sobre su comportamiento durante el juicio, ver Bravo Tedín: Belgrano y su sombra


(...)

Cuando la olla se destapa, en 1788, la madre empieza a escribir al hijo muchas cartas sobre las dificultades que enfrenta y la pena que siente y los males que la situación genera a todos los integrantes de la familia. Belgrano le contesta debidamente, la consuela. María Josefa confía en Dios y en este hijo; sabe que él podrá resolver los problemas. Manuel es muy considerado; entiende que la situación económica ya no es la misma. Y no quiere ser motivo de gastos, ni sumar disgustos. Explicándole su desinterés en invertir tiempo y pesos en su doctorado en Leyes, le escribe a la madre el 11 de agosto de 1790: “Del todo desisto de graduarme de doctor, lo contemplo una cosa muy inútil y un gasto superfluo”…

No sabemos cómo era Belgrano antes de los 18 años, o de los 20. Pero después del episodio del padre, va a convertirse en un obsesivo del orden, la legalidad, la rectitud…
El Gral. Paz ha dejado constancia de su conducta: “Era admirable la disciplina que había establecido el general Belgrano, y que supo conservar durante la campaña. Cuando alguna vez por orden suya se tomó algún corral para leña, por falta que había de ella, lo pagó después, cuando el armisticio, a precio de oro”.[1]
No iban a agarrarlo en ninguna.
¿Horror a ser como el padre?
Él no iba a ser ningún Bicho Colorado

Belgrano quería cubrirse, ponerse a cubierto de la maledicencia. Temía que se lo denigrara. Estaba moralmente educado de chiquito para sentir esos temores, además. Hizo lo imposible para que nadie desconfiara de su honradez.
Dice en su Autobiografía:

Yo emprendo escribir mi vida pública −puede ser que mi amor propio acaso me alucine[2]− con el objeto que sea útil a mis paisanos, y también con el de ponerme a cubierto de la maledicencia; porque el único premio a que aspiro por todos mis trabajos, después de lo que espero de la misericordia del Todopoderoso, es conservar el buen nombre que desde mis tiernos años logré en Europa…

En cuanto a María Josefa y su relación matrimonial, ¿pudo ella prevenir a Domingo, decirle algo acerca de la forma de hacer sus negocios? Difícil que supiera los detalles; y de conocerlos, no es mucho lo que puede hacer hoy día una mujer ante un marido tano, testarudo, dominante y de mal carácter, imagínense en ese tiempo… Aparte, cuando saltan los problemas de su esposo, María Josefa está muy ocupada con sus hijos, los grandes y los chicos… ¡son tantos! Joaquín tenía 15 años, Miguel 11, Agustín 7… y las niñas…



[1] Memorias póstumas, tomo I, pág. 288.
[2] El uso del verbo alucinar es habitual en la época. En este mismo texto, Belgrano lo usa dos veces más: “Tanto me aluciné y me llené de visiones favorables a la América…”; y casi al final: “Había sido así por ser el mejor camino de carretas como para alucinar a los paraguayos, de modo que no supieran por qué punto intentaba pasar el Paraná”. El Gral. Paz lo usa, por ejemplo, en esta frase: “Este arbitrio produjo un extraordinario efecto en amigos y enemigos. Éstos creían que era una especie de burla para desconocerlos, y que sólo me proponía alucinarlos…” (Memorias póstumas, Tomo I, pág. 468). Y Mariquita Sánchez (último ejemplo) en esta carta a Alberdi: “…Tengo la suerte que mi corazón y mi cabeza no envejecen. Me parece algunas veces que soy joven. Es sólo cuando veo mis nietos que me saco la cuenta. Mariano le dirá cómo estoy fuerte y cómo estoy siempre rodeada de juventud. Voy al corriente del mundo y me alucino”. (Cartas de Mariquita Sánchez. Biografía de una época, Buenos Aires, Peuser, 1952).

(...)

En alguna cárcel debía estar don Domingo, si no qué sentido tendría que Belgrano le escribiera “comunicándole que el Tribunal de las Indias, según la consulta del Virrey al Soberano, había acordado su libertad bajo la fianza del total de la quiebra”, etc.
El padre estaba bajo arresto en su propia casa. El 11 de septiembre de 1788, el caserón de las torrecillas como alfiles de ajedrez dejó de parecerse a una capilla: se convirtió en cárcel. Ese día le empezaron a embargar los bienes.
(...)
Hay algo raro igual: los últimos años de la vida del padre de Belgrano, que los resúmenes biográficos mencionan como “de problemas económicos”, son los siete anteriores a 1795, o sea que son los años que Belgrano está en España estudiando y tiene, según él mismo escribió, cuanto necesita para satisfacer sus caprichos
Otra rareza: las cartas de Belgrano a la madre permiten deducir a los entendidos que María Josefa era una mujer culta. Afirman esto como si sus cartas no existieran.
Analicemos el siguiente caso: cuando dicta su testamento y le piden que lo firme, María Josefa no lo firma. El testamento indica que “no firmó porque dijo no saber”, y a ruego del escribano firmó uno de los testigos (está el nombre del testigo en el documento). Deja dicho, además, que sus disposiciones están en un papel que no debe ser abierto antes que ella muera… Otorga poder a dos de sus hijos (Domingo Estanislao y Francisco) para que después de su fallecimiento hagan lo que tiene dispuesto en un papel escrito de letra del Muy Reverendo Padre Maestro Fray Isidro Celestino Guerra (…) el qual cerrado he entregado á el dicho Reverendo (…) Religioso del Orden de Predicadores, para que llegado el caso de mi fallecimiento, y no antes, lo pase a los dichos mis hijos… etc.
No firmar, no escribir ella, no decir qué bienes posee, esperar; ¿no meterse en líos? ¿Le habrá aconsejado Belgrano hacer las cosas así?
(...)
¿Pero sabía o no sabía firmar María Josefa? Me volví mona buscando este dato; y cuando estaba por abandonar la búsqueda, descubrí que no solo sabía firmar, sino que no le tembló la mano a la hora escribirle al mismísimo Rey de España.
En Belgrano y su sombra, Miguel Bravo Tedín narra con bastante gracia cómo en 1998 se encuentra, sin proponérselo, por puro azar –como yo con su libro en la Biblioteca Nacional− con las cartas que hace más de dos siglos escribió María Josefa González Casero.
Resumo su relato:
Tedín llega con su mujer a Sevilla y quiere ver unos documentos de La Rioja y Córdoba en el Archivo General de Indias. Le dan unos catálogos y lo ponen delante de una computadora. Se pone a buscar, cuando un expediente bajo la denominación “Buenos Aires 510” le llama la atención. El subtítulo dice: “Quiebra del Administrador y Thesorero de la Aduana de Buenos Aires 1788-1805”. Pide ver el mamotreto. Lo revisa. Le ofrecen −así nomás− microfilmárselo y enviárselo a su casa en La Rioja. Tedín acepta, no le sale casi nada. Poco después, al recibir los documentos, no encuentra en La Rioja máquina alguna que le permita leerlos. Hacerlo se convierte en una obsesión, una tortura; la máquina que está en la Universidad de Córdoba no se adecua a las medidas… El hermano de Mario Bravo Tedín (Jorge se llama) le hace 600 fotografías de dimensiones que le permiten leer los documentos. El día esperado llega. Tedín va leyéndolos, pasándolos, y cuando empieza a suponer que gastó tiempo y dinero en vano, ¡Eureka!... se encuentra con el tesoro que le merecerá en la contratapa de su libro el agradecimiento del famosísimo historiador Félix Luna por esta revelación histórica.
Escribe Miguel Bravo Tedín: “Ahí estaba una larga, sentida y conmovedora carta de doña María Josefa González Casero, la madre venerada de nuestro venerado Manuel Belgrano”. La primera carta que Bravo Tedín lee está dirigida al Virrey Marqués de Loreto, a quien María Josefa solicita piedad y comprensión, alimentos y demás.
Lee otros documentos fotografiados: siguen cartas de María Josefa dirigidas al mismísimo rey Carlos IV, “ese Borbon inmenso y gordo que tan despiadadamente pintara Goya”.
Tedín examina las treinta cartas que tiene en las manos: una decena serán de María Josefa. Son extensas y “muestran meridianamente a una mujer valiente, clara en sus conceptos, afligida por la difícil situación en que se encuentran su marido (preso por cerca de tres años en su domicilio a cal y canto), ella y su numerosa familia (…) Una mujer que no trepida en defender con palabras sentidas y conmovedoras a su marido (…). Habla de la injusticia que se comete, de la fortuna inmensa de su familia (más de medio millón de pesos fuertes), de la indiferencia y cerrazón del Virrey Marqués de Loreto”.
La prisión de Domingo, aunque “domiciliaria”, no es de lujo. Tedín deduce leyendo a María Josefa que el Virrey le tiene prohibido a Domingo hablar con persona alguna, que lo encerró a macha martillo, que le embargó la totalidad de sus bienes y no lo dejaba ni afeitarse ni hablar con los sirvientes que le acercaban el alimento.
No se sabe cómo se enteró Belgrano del episodio, pero fue de golpe. Para todos fue de golpe: como un derrumbe (ésta es la palabra, dice Tedín). 


La primera carta de María Josefa está fechada el 14 de noviembre de 1788. Solicita piedad al Virrey, le ruega a nombre del marido se digne conceder el permiso para que puedan los quatro Chicos: esto es sus tres hijos y el Nieto, hir al Estudio y Escuela por qué a la verdad Señor Exmo. (dicelo con sus ojos rasados de lagrimas) se pierden…
Y sigue:
…no hemos alcanzado con que alimentarnos; siéndome preciso abandonar el Pudor de mi sexo para implorar de otras gentes algunos medios á nuestra sustentación, experimentando de ello el bochorno de negarse á estos efectos de la humanidad, y Charidad Christiana por creher ya según el aparato de la Causa imposible de reembolsar sus contribuciones con la total ruina… (…) Yo Señor me hé instruido que por grandes que sean los delitos de los maridos nunca se extiende la Confiscacion de sus bienes á privarnos á las mujeres de aquellos justos Gananciales adquiridos durante nuestro matrimonio, hasta el dia que se pro [cortado] todos los Bienes embargados á mi marido son gananciales (…)[1] me hallo sin tener con que alimentarme con mi Marido é hijos, ni con que contribuir á la educación, y enseñanza de los que tengo en la Peninsula [Manuel y Francisco] y en estos Reynos en el Colegio de Monserrate de Cordova de el Tucuman.
Por otra parte, cada dia me acongoja mas el considerar los grandes perjuicios (…) todo esto digo, reducido á un punto, hace crecer el de mis amarguras, representan [cortado] que vendrá á suceder el que no solo nos falte la vida Politica, sino también la Natural acosados de la falta de alimentación, de la multitud de pesadumbres, y sentimientos que rodean incesantemente, y se agolpan unos a otros en nuestros corazones.
Los años pasarán sin respuesta. María Josefa irá subiendo el tono. Por mucho que le escriba al Rey, el Virrey no va a perdonar la estafa a la Aduana justo cuando estaba por terminar su gestión: que paguen, que se joroben, no es problema mío, el que las hace las paga −es el íntimo pensar de Loreto. Y la lentitud de los procedimientos coloniales para estos menesteres colabora con él.
Pero sigue esperanzada María Josefa, porque la cosa recién empieza, y alaba al oponente:


Pero fluctuando entre estas amarguras, descubro por ultima Tabla para mi consuelo la innata Clemencia de Vuestra Piadosa Magestad, que nada mas arroxiza que el exterminio de sus vasallos que recomienda especialmente la protección de mi sexo, y fecundidad, con que se da fomento a la Poblacion [impresionante esta parte, como si dijera: pasé por dieciséis partos para poblar esta colonia: conste], a la Sociedad, y á la Monarchia, no siendo jamás grato al real animo de V.M. que una porción assi considerable de humildes vasallos suyos sea inútil a la Sociacion, y perezca sin libertad, sin honor, y sin sustento: y estas firmes máximas, que hacen el mejor blazon de un Rey Catolico Padre de la Patria, alientan mi espíritu á repetirle humilde mis Clamores…
Lo que sigue, y mucho de lo anterior, trata de los bienes y el mal manejo que de ellos se hace por habérselos rematado.
Y firma:

Maria Josefa Gonsales.

A Belgrano el desahogo le llegó tarde.
El 3 de diciembre de 1817, en Tucumán, le escribe a Güemes:
Mi corazón es franco y no puede ocultar sus sentimientos: amo además la sinceridad y no podría vivir en medio de la trapicería que sería precisa para conservar un engaño; sólo a las pobres mujeres he mentido diciéndoles que las quiero, no habiendo entregado a ninguna, jamás, mi corazón.
…las pobres mujeres.
Si ser hombre y amar a una mujer es ser como el padre y hacerla sufrir como a la madre, mejor no amar, o amar a la patria.
La Madre Patria.


Los hermanos de Belgrano. (...) 
Al año de morir el prócer (aquel fatídico 20 de junio de 1820), Miguel,[2] que ya era profesor del Colegio, abrió esa puerta para sentarse en el escritorio: fue Rector del Colegio hasta 1825, año en el que murió.
Seguramente Miguel pensaría en Manuel en aquellos claustros, ¡recordaría su cara, viva y muerta alternativamente!, porque es difícil que la última imagen de un ser querido, y más si es un hermano, apacigüe en nuestra impresión sus efectos mortificadores, por lo menos durante los dos primeros años.
Me gusta imaginar que el Colegio unía a los hermanos Belgrano en un sentimiento de hermandad vital, mezcla de suave ilusión de eternidad del instante vivido juntos y el duro reconocimiento de la contingencia, la separación final. Y que de haber estado vivo Belgrano cuando Miguel asumió como Rector, habrían tenido mucho que contarse, y seguro que en la infancia el Colegio fue un tema entre ellos: quizá en la casa de las torrecillas como alfiles de ajedrez, cuando eran felices, Manuel le hablara al hermano menor de los profesores, de los alumnos, esas cosas, antes de viajar a Europa, cuando Miguel tenía 10 años. Quizá fue por influencia de Belgrano que Miguel llegó a ser profesor primero, y rector después.
¿Cómo hablaba Belgrano? Hay testimonios precisos.
De grande, su conversación era seria, sin brillo. Pero tal vez antes no era así, tal vez su conversación se fue opacando con la vida.
(…)
[1] La selección es mía. La transcripción de Bravo Tedín (en Belgrano y su sombra) es mucho más extensa.
[2] En el libro de Carranza, San Martín, pág. 134, hay una miniatura de Miguel Belgrano, de autor anónimo. Un mechón le cae como al descuido sobre la frente, es delgado, de boca chica, ojos grandes, redondos.
(...)



BIBLIOGRAFÍA

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www.manuelbelgrano.gov.ar/ (Instituto Nacional Belgraniano)